ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Exilio

Por Clara Obligado

A Juan Ignacio Isaguirre

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina. Lo hice en un avión de Iberia, que tomé en Montevideo, por el temor que me producían las constantes desapariciones en la frontera. Salí vestida de verano, como si fuera una turista que se dirige a las playas del Uruguay y, dos o tres días más tarde, me subí al avión que me llevaría a España, donde era invierno. Me despidieron mi padre y mi hermana. Tardé seis años —los que duró la dictadura— en poder regresar al país.

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid aterida de frío. Venía del verano y la tristeza y la falta de sol fueron el primer impacto. Tenía una prima aquí, que había venido hacía unos meses con una beca. No acudió a buscarme al aeropuerto, más tarde dejó de recibirme en su casa porque me consideraba peligrosa. Yo pensé que una persona que teme sólo por sí misma aun a miles de kilómetros del peligro es alguien con quien no vale la pena mantener ninguna relación.

Llegué a Madrid y, como no conocía a nadie, el taxista me recomendó el hotel Mónaco, un hotel en el que descargaba —probablemente— a todas las latinoamericanas con aspecto de despistadas como yo, y que —según él— lo único que necesitaban era un hombre mayor que las mantuviera. El hotel tenía un Cupido de escayola en la entrada, luces verdosas y una habitación en suite, separada con cortinas de raso. Madrid era una ciudad triste en la que los serenos controlaban la entrada de las casas, donde los colores eran oscuros. A pesar de la muerte de Franco, el franquismo estaba vivo; todavía no se habían celebrado las primeras elecciones generales. No recuerdo qué soñé esa noche, al día siguiente conocí a un señor en el bar que me dio trabajo en su empresa inmobiliaria. El señor vestía traje azul un poco antiguo y tenía unos bigotes finos que dejaban al descubierto unos labios carnosos algo húmedos. Vendía unos apartamentos que me parecieron feos, con papeles saturados de colores y muebles de mal gusto. Todo en Madrid me parecía detenido en el tiempo. A causa del exilio, siempre he tenido miedo a cambiar de vida así que, como profetizaba el taxista, me hice amante del señor de la inmobiliaria, que resultó ser una buena persona y, muchos años más tarde, me regaló un piso. Y aquí estoy, trabajando en su oficina, a la espera de jubilarme.

Llegué a Madrid en un avión de Iberia. En el asiento contiguo había un señor de unos sesenta años que parecía muy nervioso así que nos pusimos a conversar. Era gallego, había dejado su país y ahora, cuarenta y cinco años más tarde, decidía regresar a la aldea para ver a su madre.

—¿Le avisó que llegaría?
—No —me dijo el hombre—, quiero darle una sorpresa.
—Más que una sorpresa le va a dar un infarto.

Tomé el avión de Iberia en Montevideo, recuerdo que mi hermana puso su mano en el cristal traslúcido que nos separaba y yo también apoyé mi mano contra la suya, esta vez con la V de la victoria, para mostrarle que ya había superado el control de pasaportes. Subí al avión, y una voz anunció la próxima escala en Ezeiza, Buenos Aires. Creo que me bajó la tensión, otra vez estaba dentro del país, jamás se me hubiera ocurrido que un avión que se dirigía a España volara hacia atrás. En Ezeiza me hicieron bajar y vi que el aeropuerto estaba rodeado por militares. Fui la única que se quedó en tierra. Mientras me llevaban con el rostro dentro de una bolsa intuí una última imagen del avión rasgando el cielo. Volví a subir en un avión cuando me lanzaron, ya casi muerta, contra las aguas del río.

Llegué a España como si fuera una turista, con ropa de verano, pero estábamos en pleno invierno y los primeros días fueron la desolada certeza de que no conocía a nadie. Luego apareció mucha gente que estaba en mi misma situación, también los jerarcas de la política, de las organizaciones en las que habíamos militado, que consiguieron sumar un punto más a mi escepticismo. Los exilados argentinos no teníamos tanta suerte como los chilenos. Ellos eran comunistas o socialistas, algo que aquí se entendía, en cambio muchos de nosotros nos habíamos adherido a ese fenómeno que se llamó Perón. ¿Perón?, nos decían los españoles, ah, sí, gran presidente, muy buen amigo de Franco. Así la confusión era total. O no tanto.

Una de las personas que conocí en esos días raros me propuso llevar una radio en Tanzania. Yo hablo bien inglés, y me daba igual vivir en Madrid, en Tanzania o en la China. Madrid era entonces una ciudad bastante aburrida, una capital de provincia en la que te metían preso si te besabas en un parque. Entonces acepté la propuesta, cualquier cosa antes de terminar trabajando, por ejemplo, en una inmobiliaria.

Llegué a Madrid. Tres días más tarde dejé el hotel Mónaco y tomé un tren hacia Barcelona para comunicar a una amiga la desaparición de su hermano. No quise hacerlo por teléfono. Barcelona era una ciudad más abierta, había muchos exilados. Primero llegaron los uruguayos, luego los chilenos, por fin nosotros. La gente que conocí era mayor que yo, muchos de ellos intelectuales o escritores y habían tejido lazos con los catalanes. Había también gente que se decía del exilio, pero que había llegado años antes. Como si aquello les diera prestigio.

Cuando le di la noticia, mi amiga no lloró sino que me dio la espalda y se quedó mirando largamente por la ventana. Luego me ofreció su casa. Aquí, insistió, encontrarás algo. Ella conocía a gente importante, pero me daba igual. Yo acababa de terminar la carrera y no estaba preocupada por mi futuro, mi único futuro posible se concentraba en la idea de volver. Volver. Y volví a Madrid, sin ser consciente de que estaba retornando a ninguna parte.

Sólo llevaba en la valija ropa de verano, nueve kilos de equipaje apenas, para despistar si me revisaban en la frontera. El plan era quedarme dos o tres días en un hotel en Uruguay y tomar luego el avión de Iberia a Madrid. La primera noche la pasé tranquila. Me acosté temprano, apunté las cosas que podía hacer en cuanto llegara a España, luego me dormí. La segunda noche, en cambio, estaba muy nerviosa, así que bajé al bar del hotel. Soy casi abstemia, pero la ocasión pedía a gritos una copa así que, a eso de las doce, estaba bastante alegre. Pusieron música y un hombre joven, más o menos de mi edad, me sacó a bailar. Por qué no, me dije, no me va a pasar nada peor de lo que me está pasando, y me dejé abrazar por él. A eso de las dos estábamos juntos en la cama. Yo no sé si fue la mezcla del miedo con el placer, pero nunca practiqué el sexo con tal vehemencia. A mi amigo también le pasó algo así, porque a la mañana me propuso que siguiera con él de viaje. También se estaba escapando de lo que pasaba en Argentina, me dijo, pero prefería perderse por el continente. Pensé que tenía razón, así que le dije a mi padre y a mi hermana que había decidido cambiar de planes. Ellos se pusieron furiosos, y con razón, porque semejante lío para salirme con esto, con el pasaje comprado, pero a mí el deseo y el miedo no me dejan pensar, así que agarré mi valija con la ropa de verano y me subí a un ómnibus que nos llevó a Brasil. Aunque menos que Buenos Aires, Brasil y Uruguay eran, entonces, países peligrosos. Hubo un plan entre los militares de los países vecinos que se llamó el Plan Cóndor y que consistía en ayudarse a atrapar o a asesinar lo que ellos llamaban subversivos. Así que en Brasil no estaba tranquila, y Alejandro —él se llamaba Alejandro— tampoco, porque en esos años y en esos países ser joven y de izquierda podía costarte la cabeza. Alejandro era de izquierda, igual que yo, estudiaba arqueología y además portábamos la aventura en la sangre, por todo esto nos llevábamos bien. Y claro, el sexo. Así que seguimos juntos hacia el norte. Yo con mi ropa de verano, porque nada más pude comprar en esos meses, apenas comida y una pensión donde bañarnos cada tanto mientras trabajábamos en lo que podíamos y practicábamos el idioma.

En Tanzania pasé dos años, y no me arrepentí. Lo de la radio me daba poco trabajo, se vivía con nada y la gente me gustaba mucho, era la más guapa que hubiese visto jamás. Aprendí a vivir de otra manera en esa sociedad pobre, una de las más pobres del mundo. Sólo percibimos lo que estamos preparados para ver, me decía mientras paseaba por el litoral arenoso, mientras recorría el valle del Rift. ¿Hubiera pensado unos meses atrás que existían lugares como éste? En muchos momentos era la única blanca, y los tanzanos me miraban como si fuese marciana. No se nace con el estatuto de extranjero, se va adhiriendo a nuestra piel como un abrigo desagradable y compacto.

Me afinqué en Dar es Salaam, llevé un programa matinal en la radio y comprendí que nunca establecería lazos reales con ese país si no aprendía swahili. Me gustan los idiomas, sé inglés, francés y alemán pero, francamente, lo del swahili me parecía demasiado.

Llegué a Madrid, era el 5 de diciembre de 1976 y hacía un frío tremendo. Esperaba que una prima que residía allí me fuese a buscar, pero no había nadie. Es muy duro llegar sola a un lugar y comenzar una nueva vida, pero el primer día estaba como anestesiada. Un taxista me llevó hasta la puerta de un hotel, me acuerdo de que se llamaba Mónaco, pero no me gustó su aspecto, parecía un lugar de citas, incluso creo que tenía un Cupido en la recepción y luces verdes, así que preferí no entrar. Arrastré mi maleta una calle más abajo y entré en una pensión. La pensión era sucia, pero muy barata, tenía un largo pasillo, habitaciones deprimentes, una cocina pringosa y una dueña que sólo se ocupaba de los huéspedes hombres. Yo no entendía demasiado lo que me decían, quiero decir que no entendía el castellano peninsular, y no me gustaban en absoluto los modales bruscos de la gente. Nadie te hacía caso, actuaban como si fueras traslúcida. Los madrileños dicen que son hospitalarios, pero no es verdad. Tal vez no conocí a las personas adecuadas, pero lo cierto es que durante diez años nadie me invitó a su casa.

Encontré trabajo en un bar, sirviendo copas hasta el amanecer, y los parroquianos me parecían tan extraños como si hubiesen nacido, por ejemplo, en Tanzania. Había elegido Madrid como lugar de exilio porque la reciente democracia daba un aire moderno al país, pero lo que encontraba no tenía nada que ver con mis expectativas. En la pensión conocí a un colombiano, Jorge, que era, como yo, licenciado en Letras. Me parecía un tipo especial, llevaba un anillo con una enorme piedra roja y camisetas caladas de colores chillones. Jorge era hijo de una prostituta de Barranquilla, se había criado trabajando en un prostíbulo y eligió esta carrera porque era la única que compaginaba con su horario. A mí me gustaba, pero era imposible enamorarme de él. Tenía, eso sí, dos grandes virtudes: escribía maravillosamente y me adoraba. Jorge admiraba mi pasado político, le causaba respeto el exilio y quería convertirme en Rosa Luxemburgo, o algo así, por lo que se dedicaba a leerme libros de teoría económica y me mataban de sopor. Un día me dijo que había conseguido una beca para hacer el doctorado en Londres, y me propuso ir con él. Le dije que sí, que bueno, Madrid era una ciudad un poco deprimente, además la ultraderecha había asesinado a tiros a varios abogados laboralistas y la situación no era estable. Me daba lo mismo vivir aquí que en Tanzania o en la China y engancharme en un viaje me alejaría, tal vez, de las penas del exilio. Me escribía con mi familia y mi única mejora laboral había consistido en dejar el bar y dedicarme a limpiar casas. Nos fuimos juntos a Londres, que era, a finales de los setenta, una ciudad llena de energía. Con Jorge conseguimos un alquiler barato, un sótano con varias habitaciones que compartíamos con otros colombianos. Él quería ser escritor, así que se pasaba el día enfrascado en su novela y por las noches me leía algunas páginas. Yo no sabía ni siquiera quién era, así que malamente podía entusiasmarme con algo.

Viviendo entre colombianos me convertí en doblemente extranjera. No sé si los argentinos nos parecemos más a los ingleses que a los colombianos, pero me sentía despistada. Me cansaba el desorden, las borracheras permanentes, los gritos en mitad de la noche. Soy abstemia, tengo un límite con el alcohol ajeno. Además, no teníamos casi para pagar la calefacción y pasábamos un frío espantoso. Jorge más que yo, porque los colombianos, lejos de su tierra, tiritan todo el día. Como llovía tanto, un fin de semana nos quedamos en la cama y Jorge me leyó en voz alta todo El otoño del patriarca. Es uno de mis mejores recuerdos de aquellos días, su voz suave y mi cabeza apoyada contra su pecho.

Un día me cansé de todo eso, hice mi mochila y le dejé a Jorge una carta en la que no le daba demasiadas explicaciones; las que le daba eran tan pobres que ni a mí misma me parecían convincentes. No me porté bien. Él, en cambio, sí. Lejos de enojarse, me respondió con una hermosa carta de despedida. En mi carta le decía que no aguantaba todo aquello, que quería regresar a casa. A casa, pero, ¿dónde estaba mi casa?

Sé que lo llamaban el exilio dorado porque estábamos en Europa, y en Argentina se piensa que en Europa se vive siempre bien. No era así. Conocí a gente que festejaba la Navidad en la hora de su país, conocí a exilados que se aprovechaban de los que estaban en peores condiciones. Conocí a gente que ya conocía, y que ahora parecía veinte años más vieja, conocí a intelectuales importantes que se habían quedado sin identidad. Conocí a gente que se despertaba gritando, a personas que habían perdido a toda su familia. Conocí a una muchacha que había concebido un hijo después de ser violada en la cárcel y cuyo novio, también víctima de la tortura, mató al niño a patadas.

Visto el tema desde otro ángulo, podría decir también que nadie conocía a nadie, que fuera de contexto, todos nos habíamos convertido en otro. No sé para quién fue dorado este exilio, no lo sé.

Cuando uno llega a un país en el que no conoce a nadie su vida puede cambiar según doble una esquina. Llegué a Madrid un 5 de diciembre y hacía mucho frío. Los árboles estaban iluminados con unas lucecitas tímidas que preparaban la Navidad y que todavía me deprimen. El taxista que me acercó al centro opinaba que las latinoamericanas teníamos que buscar un señor que nos protegiera, y me dejó en un hotel con aspecto de casa de citas. Se llamaba Mónaco, creo. Casi caigo en la tentación de entrar, pero luego pensé que sería caro y yo tenía poco dinero para mantenerme, así que arrastré la maleta hasta una esquina y me quedé pensando qué hacer. Entré en un bar, llamé al único teléfono que me habían dado en Buenos Aires y me atendió una mujer muy amable. Cuando le conté que no sabía a dónde ir me dijo que fuera a su casa. La mujer se llamaba Carmen, tenía muchos amigos que se vestían con trajes antiguos. Uno de ellos, con un bigote finito y labios muy carnosos un poco húmedos me propuso trabajar en su inmobiliaria. No sé muy bien por qué le dije que no, posiblemente porque me miraba como si yo fuese un pollo a la brasa, la cosa es que esto disgustó a Carmen, que deseaba ejercer toda su caridad sobre mi cabeza y opinaba que en mis condiciones debía aceptar cualquier cosa que me ofrecieran. La caridad compulsiva de Carmen se basaba en considerarme un poco inferior.

Lo cierto es que yo prefería pasar hambre antes que trabajar con ese tipo de labios húmedos así que se estropeó la convivencia y me tuve que ir. Para entonces ya había conocido a algunos argentinos y nos pusimos a hacer encuestas. Luego vendimos artesanía en el Rastro, también conseguí una beca para hacer el doctorado. En la facultad había una capilla católica y horarios para oír misa; en la clase, una mascarilla mortuoria de Rubén Darío dentro de una urna de cristal.

En el curso conocí a un sandinista que se dormía durante la exposición y a un colombiano, Jorge, con el que salí un par de veces. Jorge me gustaba, pero para entonces yo tenía mucho miedo a las relaciones sentimentales, todo un país me había desaparecido y no estaba demasiado dispuesta a comprometer el corazón. Así que cuando Jorge me propuso ir con él a Londres le dije que mejor no y me quedé aquí, donde, al fin y al cabo ya estaba conociendo gente. En esos años comenzó el destape y aparecieron tetas por todas partes: en televisión, en las revistas. Incluso llegué a ver una versión de Fuenteovejuna en la que se mostraban tetas sobre el escenario. Mientras en Argentina la vida parecía haber entrado en un túnel, en España se salía de él. Había manifestaciones por todos lados y de pronto en la ciudad se empezó a arremolinarse un aire de fiesta. Con un grupo de gente de la universidad alquilamos un piso y convivimos durante varios años. Uno de ellos me presentó al director de este periódico donde trabajo desde entonces. No tengo pareja, pero no me importa. Recibo un buen sueldo, me gusta lo que hago. Aunque claro, los extranjeros tenemos un techo de cristal.

Cuando mi padre y mi hermana me dejaron en el avión de Iberia intentaron regresar a Buenos Aires, pero en el control de pasaporte un policía uruguayo los detuvo. Mi padre es abogado, así que al principio protestó enérgicamente pero luego vio que la cosa se estaba poniendo fea y optó por callar. Dos días más tarde los entregaron a los servicios argentinos. A mi hermana la golpearon delante de mi padre, luego los dejaron libres a los dos. A ella le dijeron: —Vos, piba, no sos más que una boluda, pero tené cuidado, la próxima vez no la contás—.

Mi hermana salió del país y pidió asilo en Suecia. Se llevó a sus hijos, que eran todavía bastante pequeños, y que hoy casi no hablan castellano. Me enteré en Madrid de todo lo que había pasado, pero no podía regresar. En cuanto a ir a Suecia para reunirme con ellos, ni se me pasó por la cabeza. Los que llegamos a España nos habituamos a ser tratados con indiferencia en un país en el que no había ni siquiera refugio político, aceptamos nuestro precario destino y nos buscamos la vida.

Cuando voy a verlos, mis sobrinos me miran como si fuese parte de un pasado remotísimo, una curiosidad de la que habla su madre. El varón es mi ahijado, pero pareciera que casi no me conoce; yo lo siento, porque no tengo hijos, y me hubiese encantado que estudiara literatura. Mi hermana recibió apoyo del gobierno sueco, le dieron casa, trabajo y escuela para los niños, pero nunca se acostumbró.

Alejandro y yo dejamos Brasil y nos afincamos en México. Habíamos recorrido casi toda América Latina de las formas más diversas, en cualquier medio de locomoción, de Argentina a Uruguay, de Uruguay a Brasil, luego América Central, Guatemala, Belice, por fin México. Allí el exilio era muy activo y resultó bastante más fácil encontrar trabajo. Habían pasado casi dos años desde que dejamos el país, veníamos cansados y hambrientos. El día en que llegamos nos invitaron a la despedida de un chileno que estaba rifando toda su casa y sus enseres porque había decidido irse a Europa. Te vendía un número, y tanto te podía tocar un par de calzoncillos como la mesa del comedor. A nosotros nos tocó el colchón, y lo pusimos en el cuarto que nos habían prestado. Alejandro consiguió trabajo y volvió a la Facultad; a él cuyo hallazgo arqueológico más apasionante había sido el alfajor de dulce de leche que hacía su abuela en Córdoba, México le resultaba mágico. Yo comencé a cursar mi doctorado y a organizar un taller de escritura. Nos separamos pronto porque nuestra pareja, que había aguantado tantos momentos difíciles, no resistía la cotidianeidad. Alejandro me engañó, yo engañé a Alejandro, ambos buscamos con tesón todas las formas posibles de hacernos daño, metimos el estilete donde la carne estaba más viva. Cuando se fue me quedé con el colchón, y lloré abrazada a lo único que era mío.

Cuando mi padre y mi hermana cruzaron la frontera un amigo que los esperaba en el puerto les dijo que tenían que esconderse. Entonces mi hermana conoció la terrible noticia: habían entrado en su casa, su marido y su hijo habían sido secuestrados. Su hijo era mi ahijado, y todavía no había cumplido un año. Mi hermana no quiso dejar el país, como todos le recomendaban, sino que se dedicó a buscarlos. A veces llevaba a su otra hijita de la mano, a veces iba sola, como loca. A veces, me cuentan, se encerraba en su casa y aullaba de dolor con una voz que no era humana. Recorrió todas las oficinas y se encontró con otras mujeres a las que les había pasado lo mismo. Como no conseguían nada, como nadie les daba explicaciones, empezaron a dar vueltas, todos los jueves, en torno a la pirámide de Plaza de Mayo, frente a la casa de gobierno. Algunas se ponían pañuelos blancos en la cabeza, otras se sumaban simplemente para acompañar. Poco a poco se convirtieron en una multitud. Mi sobrino no apareció, sigo pensando mucho en él; ahora tendría casi treinta años, alguna familia ligada a los militares debe de haberlo criado. Si nos cruzáramos en la calle, no nos reconoceríamos.

Siempre me he preguntado si la madre gallega del pasajero que viajaba a mi lado en el avión de Iberia que me trajo a Madrid, allá por 1976, habría reconocido a su hijo. ¿Qué se siente si alguien al que se da por desaparecido regresa al cabo de tantos años? ¿Recordaría el hombre la aldea de la que partió? ¿La rutina del campo, el aroma del fuego, el color del cielo a través de los árboles? ¿Tendría la madre alguna posibilidad de comprender la vida del emigrante? ¿Sabrían acaso formular las preguntas que podrían acercarlos? ¿Qué sintieron al abrazarse?

Volví a encontrarme con Jorge muchos años más tarde en la zona de pasajeros en tránsito de un aeropuerto.

—¿Dónde te habías metido? —me preguntó—. Te busqué durante mucho tiempo. Ah, cuánto tiempo ha pasado. ¿A qué te dedicas?

—Dejé la política —le dije—. Soy escritora —le dije también.

Me miró con un poco de asombro:

—Ah, escritora. Yo me dedico a los negocios...
No había cambiado mucho. La gente alta y delgada se mantiene bien, y además él tenía esa piel morena que no pierde viveza con los años. Ya no llevaba el anillo con la piedra roja sino una alianza, vestía con sobriedad. Vio que miraba su mano y se puso un poco nervioso.

—No me casé —le dije, y escruté su rostro. Él me sostuvo la mirada y debió de interpretar mi frase como un reproche. Con ese narcisismo en fase de reconstrucción propio de los que han sido abandonados, probablemente imaginara que nadie me había hecho tan feliz como él. De pronto me empujó tras una columna y me besó. No quise sacarlo de su error, en realidad le debía una reparación, lo había dejado en Londres solo y él, en cambio, me había acompañado en tiempos muy difíciles.

—Nunca te pude olvidar —le dije. Y subrayé—: nunca. —Luego pensé que con esa mentira mi deuda estaba saldada.

Jorge volvió a besarme y luego se alejó hacia una mujer alta y rubia, con cara simpática, probablemente inglesa.

Pude regresar a Buenos Aires seis años más tarde, cuando los militares estaban a punto de caer pero, como me había casado con un español que conocí en el periódico y tenemos una hija, era imposible fijar nuestra residencia aquí. Me fueron a buscar al aeropuerto mi padre y mi hermana. Sus hijos han crecido mucho, en particular el varón, que es mi ahijado. Cuando estoy con él repite que cuando sea grande va a ser escritor. Me alegro, le dije, porque te vas a convertir en lo que yo deseaba, en lo que nunca llegué a ser.

Desde aquel primer viaje vuelvo todos los inviernos. Me gusta Madrid, tengo amigos y me siento incorporada. Aunque no puedo resolver de dónde soy, a estas alturas, me digo, no tiene importancia.

Alejandro está afincado en México y me escribo con él. Hemos llegado a ser buenos amigos y, en algún sentido, él es el único que me entiende. "Añoro nuestra vida en Brasil", repite, "esos años, los añoro a pesar de los peligros". Y luego dice: "el exilio no se termina nunca. Nunca. Ni siquiera si se regresa al país. Siempre tengo la sensación de estar encerrado fuera".

Ambos fantaseamos con volver algún día a Buenos Aires, con encontrarnos, con vivir todas esas vidas que no fueron posibles. Luego recordamos que nunca estuvimos juntos en esta ciudad. Por fin llega un momento en el que dejamos de imaginar y nos quedamos serios.

En realidad, me digo, le digo, somos de cualquier lugar del mundo. O de ninguno.

* CLARA OBLIGADO (Buenos Aires, Argentina, 1950). Madrileña por adopción desde 1976, es una constante divulgadora del cuento corto. Muestra de ello es la antología de microficciones Sea breve por favor. Licenciada en Literatura y tallerista de Escritura Creativa, es autora del libro de relatos Las otras vidas y Una mujer en la cama y otros cuentos; de las novelas La hija de Marx (Premio Femenino Lumen 1996), No le digas que lo quieres, Salsa y Si un hombre vivo te hace llorar, así como de los ensayos Qué me pongo y Mujeres a contracorriente. Javier Goñi dijo de sus cuentos que "tienen algo de dulce y emotiva cantata, están llenos de gente que toma aviones, de gente que va y viene, de gente que elige o le eligen, aviones que te llevan a... o te arrancan de... Pone en pie Clara Obligado en sus relatos, hechos con muchos bultos de dolores y pesares, como una maleta apresurada, historias que rasgan la piel del lector como el borde de un folio irritado de tanta melancolía, de tanto recordar..."

(De Solo cuento, UNAM, México, 2009)



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