Mujercitas terror

Leer a Mariana Enriquez es una experiencia fantástica, en el sentido más literal de la descripción. Por su capacidad de crear universos, por permitir a quien lee irse de viaje entre sus palabras, por generar a la vez esa sensación de distancia y cercanía con sus personajes. En Este es el mar, la novela corta que publicó Random House, lo hizo de nuevo, aunque dialogando más con la primera ficción que escribió –Bajar es lo peor, hace algo más de 20 años– y dándole vida a esa fuerza mitológica que pueden desplegar las adolescentes cuando están juntas, cuando aman sin freno, cuando se preparan para pasar a otro lado, a otro ciclo de la vida. Así son las chicas de Este es el mar, aun sobrenaturales.

Por Marina Yuszczuk

Imagen: Sebastián Freire

Dos libros de cuentos de terror muy exitosos (Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego) la ubicaron como una de las pocas habitantes del terror en la literatura argentina. Pero Mariana Enríquez, que publicó su primera novela en 1995 y desde entonces no dejó de cambiar, no se recuesta en la comodidad de lo seguro y acaba de publicar, esta vez en Random House, Este es el mar, una novela breve ambientada en Los Angeles donde la fantasía toma la forma de un grupo de mujeres sobrenaturales. Ellas son las Luminosas, y su misión es transformar a los rockstars en Leyendas, para lo cual, por supuesto, deben hacerlos morir jóvenes. El cambio de registro es impresionante, pero lo que Enriquez trae a este relato es una serie de obsesiones y placeres que ya estaban en sus cuentos y primeras novelas: la sensualidad del mundo del rock, el desenfreno de las fans, la impiedad de los grupos de chicas que se convierten en predadoras, esta vez en clave de goce de los cuerpos y no de tortura. Y con la historia de amor sedosa, llena de erotismo, entre Helena, la protagonista, y James, el elegido para que ella lo transforme -es decir, lo mate-, no sin antes hacerlo producir su mejor música.

En Este es el mar aparece retratado, en las Luminosas, esta figura del grupo de chicas que también estaba en varios cuentos tuyos como Los años intoxicados, Carne, Cuando hablábamos con los muertos. ¿Qué te atrae del grupo de chicas?

Yo veo una cualidad casi mitológica en las comunidades de mujeres jóvenes, por eso acá directamente hice que sean mitológicas de verdad. Hay una especie de unión, desde el punto de vista literario, claro. Cuando escribo sobre chicas todas juntas manejo una energía un poco mística, mitológica, antigua, una especie de poder antiguo. Por eso a las chicas de Este es el mar las pensé como seres inmortales que tienen una genealogía bastante obvia. Son las Bacantes que matan a Orfeo, son Medusa y sus hermanas. En todas las mitologías, más allá de las diosas, aparecen estos pequeños grupos de mujeres juntas, ninfas. En la mitología celta está la triple diosa que es como una especie de Trinidad, la vieja, la joven y la más joven, que es la joven virgen. Pero después está la idea de las brujas juntas, no la bruja sola sino las Brujas de Salem, las chicas del clan Manson. Y las fans.

Al principio de tu novela se alude a las chicas como “tiburones”, igual que en el comienzo de Las chicas, de Emma Cline, con esa misma idea de peligro.

Sí, Este es el mar es anterior a mi lectura de Las chicas, pero claramente hay una especie de aire de familia cuando se escriben este tipo de narraciones sobre estas mujeres extáticas en algún sentido. Los personajes de Cline puntualmente están en un culto, pero las fans también, o en un estado devocional por lo menos. Creo que lo que me gustó de Las chicas fue eso, y sobre todo que se tratara de las chicas del clan Manson, que me obsesionan un poco.

En tu libro además hay una inversión en la manera en que tradicionalmente se ve al mundo del rock, como un lugar donde los varones son los que hacen y las mujeres ocupan lugares como el de la fan o la groupie, muy subordinados.

Me parece que en el fenómeno del rock como cultura juvenil, las mujeres quedan afuera por un discurso que se arma sobre el tema, no tanto por lo que pasa en la realidad. Las chicas son muy rockeras y contribuyen al fenómeno aportándole la otra mitad, que es toda la parte estética, la parte devocional, la parte de ese amor que no es el mismo tipo de amor que tienen los fans hombres, o no en todos los casos. Y un tipo de energía sexual que no tiene que ver con las ganas de acostarse con el rocker sino con las ganas de ser el rocker. Las chicas que son fans de algunos rockers, cuando cantan las canciones y los imitan frente al espejo los imitan a ellos, hay una cosa muy andrógina. No hay solo subordinación, como se piensa, que es sobre todo una cosa que viene de la crítica del rock. Porque muchos críticos de rock varones empiezan a pensar a las chicas como fans histéricas, que aman a los músicos por lindos y que no escuchan nada, solamente se fascinan en otro sentido. O como groupies, las que los quieren acompañar sexualmente. Pero me parece que no se pensó mucho esta relación más íntima con el ídolo, donde hay una identificación muchísimo más andrógina, no desde un lugar de subordinación de la mujer hetero con el tipo.

En muchos de estos relatos sobre grupos de chicas da la sensación de que en ellas hubiera una furia que es específicamente femenina, no es exactamente calentura, ¿qué sería entonces? ¿Qué buscan las chicas?

Creo que están buscando cuál es su lugar de poder. Porque saben que lo tienen, pero no tiene un nombre, ¿no? Están en una especie de masa medio sin nombre. Entonces hay cierta furia, cierta violencia, en ese impulso de buscar una especie de individualidad poderosa. Me gusta escribir sobre ese momento donde las adolescentes todavía están en esas amistades muy intensas, donde suelen formar una especie de monstruo de varias cabezas, y borronean un poco los límites de las individualidades. Y al mismo tiempo son poderosas en muchísimos sentidos, incluso inconscientes de su atractivo, de los riesgos que pueden correr, muy vulnerables. Es un momento que me parece muy loco, muy border, en el que muchas están bastante locas también, y que tiene que ver con tratar de encontrar quién vas a ser cuando salgas de ese momento de crisálida. Es un poco lo que le pasa a Helena. Ella es como una autora, finalmente. Es una creadora, me parece que lo que atraviesa es un rito de pasaje en realidad. Y el momento de rito de pasaje de las chicas es esa crisálida un poco calurosa, un poco erótica entre ellas. Yo me di cuenta una vez en un recital de Backstreet Boys, trabajando, en la cancha de Boca. Estaban estos cinco pelotudos totalmente asexuados, objetivamente no había nada atractivo en ellos. Todo era absolutamente asexuado desde la puesta incluso, estaban todos vestidos, hacía frío y el baile era robótico. Y las chicas gritaban sin parar de una manera que te llegaba a dar miedo, porque no había momentos de silencio. Y yo estando ahí pensé, “Pero no están gritando por ellos, es igual”. Ellos son totalmente reemplazables, lo que ellas necesitan es este rito, este grito, esta locura, estas lágrimas, es como el rito de pasaje para salir de esta crisálida que están formando todas y ser, cada una, una chica. Por qué lo necesitan, no lo sé, pero es algo que evidentemente sucede y es un momento apasionante. Un poco siniestro también, porque es difícil individualizarlas, son muchas, tienen algo medio peligroso. Por eso las llamé Enjambre en Este es el mar, porque el enjambre es de bichos, que te pican.

Otra cosa que aparece en algunos cuentos es la idea de canibalismo en relación a las chicas. En Carne, que parece que prefigurara Este es el mar, se terminan devorando al ídolo. ¿Cómo te funciona esa idea de comerse al ídolo, al varón?

Me funciona como lo tradicional mítico de comerse al otro para incorporarlo, incorporar su fuerza, sus características. Es como el punto explícito y final de esto que estábamos hablando, de la chica que baila como Mick Jagger. Cuando lo pensás en término de géneros literarios y te preguntás cómo podría suceder esa incorporación, la respuesta es que bueno, me lo como. Que también es el juego con el deseo sexual: “te comería todo”. Implica como una posesión final, y afectuosa al mismo tiempo. Amorosa. En Carne las chicas se lo comen muerto al rockero, son super asquerosas. Pero incluso en Este es el mar hay momento en que Elena percibe que las fans quieren morder a James, en las axilas, porque es un lugar muy frágil. En relatos de encuentros de super estrellas con sus fans, es muy común que los muerdan, que les rompan la ropa…como una especie de frenesí, y con esto vuelvo a las Bacantes de Orfeo. Lo que se busca es la total destrucción e incorporación de lo deseado para transformarse en eso, para incorporar su poder.

En tus cuentos hay una especie de contracara de esta figura del grupo de chicas que es la mujer sola, encerrada y autodestructiva, que muchas veces tiene una relación con su cuerpo atravesada por el terror. ¿Te parece que hay alguna relación especial entre el terror y el cuerpo de las mujeres?

Hay algo en la tradición de la literatura de terror, en la literatura gótica, un momento en que la mujer se vuelve la gran protagonista. Por muchos motivos: porque es la mujer que está encerrada y enloquece, y por eso es peligrosa, es un monstruo. Está la mujer que queda sola y soltera, la mujer que vuelve como fantasma…en Otra vuelta de tuerca, que es un relato más tardío, ella está sola con estos chicos en la mansión y vos ves los fantasmas de los que supuestamente abusaron de los chicos pero nunca sabés que pasó, la fantasía de sexo es más de ella y además es muy sutil. En Jane Eyre también es ella sola, hosca, pero luego cuando se enamora resulta que él está casado con Berta Mason que está encerrada, está loca y también muerde, come. Está reducida a eso. Carrie, por pensar en un gótico moderno, es la chica sola, bulleada, encerrada en el armario donde la pone su madre, y finalmente asesina. Y los fantasmas, en el relato gótico, en general son casi todos de mujeres. Las primeras vampiras eran mujeres, después eso cambió. Carmilla, un relato de vampiras y lesbianas, es anterior a Drácula por cincuenta años. Hasta fines del siglo XIX, la figura del terror era femenina. Después el terror fue y volvió con eso, porque Otra vuelta de tuerca es posterior, y Shirley Jackson también trabaja con eso en The hunting of Hill House donde la mujer es como el espejo de la casa embrujada, son casi lo mismo. Es una tradición muy marcada que se fue desdibujando y vuelve a aparecer sobre todo con autoras mujeres. No importa tanto si es una mujer la protagonista, pero lo que empieza a aparecer son mujeres que escriben sobre vampiros. Poppy Brite escribe de vampiros y seres medio andróginos y ella misma ahora hizo un cambio de sexo, Anne Rice escribe su primera novela sobre dos vampiros varones que adoptan a una chica.

Hace poco en una entrevista decías que para vos era algo relativamente nuevo pensarte como una mujer que escribe, a pesar de que en tus libros, al menos los últimos tres, hay un universo femenino clarísimo. ¿Qué fue lo que te generó ese cambio?

Fue una dificultad técnica que terminó teniendo revelaciones de otro tipo. No podía escribir personajes femeninos que me gustaran. Escribía pero eran muy secundarios, me costaba mucho una voz femenina convincente, central, una voz de narradora que no fuese yo. En un momento pensé que era porque estaba escribiendo columnas periodísticas de humor femenino y que estaba muy contaminada por eso, entonces la voz que salía era un poco así, irónica, y no me gustaba. Me parecía que se parecía mucho a mí. Entonces decidí que iba a tratar de escribir cuentos con personajes femeninos, como una especie de homenaje al género y también para ver si podía escribir una mujer que no fuese Mariana, que fuese una narradora. Costó pero lo fui consiguiendo…todavía cuando escribo me siento un andrógino, quiero decir. Pero a raíz de eso empecé a pensar en otras cuestiones. Hace poco hablé de eso con Samantha Schweblin y ella me decía que era muy reciente, también para ella, pensar en cuestiones de género cuando escribía. Desde cuestiones materiales y temas hasta cómo armar una narradora verosímil. Y que eso le cambió un poco la escritura, la hizo ir un poco más profundo, tener una conexión con su cuerpo especial. Yo no sé si me cambió tanto en ese sentido pero sí me sorprendió que me resultara tan difícil encontrar una voz de narradora, algo que en teoría debía estar tan cerca. Y me di cuenta de que tenía que ver con una cuestión literaria, no estamos acostumbrados a leer mujeres escritas por mujeres, yo no leí tantas y no me gustan incluso. Me parece más fácil escribir un detective varón. Hay menos personajes mujeres o son de un nivel iconográfico tan apabullante como Anna Karenina. Sobre todo en la mezcla del realismo urbano y el terror, que es lo que yo quería escribir. Esa dificultad técnica se fue solucionando de a poco y terminó por hacerme pensar en otras cuestiones: en las comunidades de chicas, el cuerpo de la mujer como un espacio narrativo puntual, la locura. Cuestiones que tenían que ver con la experiencia femenina, si querés. Pero lejos de ponerme militante, eso hizo que me empezaran a irritar ciertas cosas, por ejemplo las mesas de literatura femenina. No voy más. Empecé a ver los lugares comunes, los nichos donde te ponen, las preguntas recurrentes sobre cómo encontrás tiempo para la escritura con los hijos. Me interesa hablar de todo esto pero en tanto condiciones materiales, de trabajo. Como trabajadora del mundo de la cultura, pero no en cuanto al texto. La literatura femenina no existe.

Volviendo a Este es el mar, hace muchos años que no escribías una historia de amor, de hecho desde tu primera novela. ¿Cómo fue esa vuelta?

Este libro lo escribí al mismo tiempo que los cuentos. Y los cuentos son muy urbanos, muy políticos, oscuros, claustrofóbicos, violentos. Esta novela no es así. La escribí al mismo tiempo que mis dos libros anteriores, la dejaba, volvía, como una especie de alivio de lo otro. No es que haya sufrido escribiendo los cuentos, para nada, pero sí era una cosa monocorde que me aburría un poco. Porque hay un montón de cosas que me gustan y que tenía abandonadas, las extrañaba. Entonces iba a ese lugar que extrañaba. También había una especie de necesidad de cierre, este es el libro que más me hace acordar a mi primera novela. Hay cierta fascinación con una figura un poco andrógina, hay un mundo nocturno, cierta cosa gótica y vampírica que también estaba en esa novela, si bien es cierto que esos seres eternos estaban un poco ocultos. Nunca más leí Bajar es lo peor pero sí quería captar algo de aquella que era una novela, por definición, juvenil. Porque yo era joven y los personajes también, por lo que captura. Ahora quise escribir una novela juvenil pero vintage, no para los jóvenes de ahora sino para mí misma joven, con otras influencias literarias, otras lecturas, otra consciencia. Con una carga literaria mayor que la que tenía a los veinte años, que era mínima. Y con algo que no tenía mi primera novela, que es un poco más de melancolía, o de nostalgia. Este es un libro sobre el fin del rock, sobre el fin de la juventud, en algún sentido. Es una especie de cierre.

También está presente ese motivo de grandes amores trágicos donde uno tiene que matar al otro. ¿Tuviste una época de lectura de novelas románticas? Leí que tu libro preferido es Cumbres Borrascosas.

Sí, cuando era chica un poco más. Las Brontë especialmente me gustan mucho, y sobre todo, como Drácula, son esas cosas que leés en la infancia y de las que después es muy difícil desprenderse. Hasta Mujercitas también tiene eso, la cosa de la chica joven que muere, como una especie de melodrama muy operístico y de grandes amores. Aunque a Helena se le pasa bastante rápido, ella es más estoica. Es como que pasé de la desesperación total y el desenfreno de Cumbres borrascosas a la cosa mucho más estoica de Jane Eyre, que cuando se da cuenta de que él ya está casado, y para colmo con una loca, se va. Se va consciente, segura. Y cuando vuelve ya no está apasionadísima. De todas formas es algo que yo no traslado a la realidad, lo disfruto muchísimo como ficción. Incluso cuando escribo realismo, me pongo en ese lugar y pienso que es literatura, es ficción. Por supuesto que una toma cosas de la experiencia, siempre. Todo el tiempo. Pero a mí los relatos melodramáticos y de amor romántico no me parecen pensables como buenos o malos, no los juzgo en ese sentido. Son un entretenimiento, un momento catártico, de la ficción.

¿Y ahora estás escribiendo una novela de terror? ¿De qué se trata?

Todavía la estoy diseñando. Es muy argentina, transcurre en tres o cuatro épocas históricas: una en los ochenta, una en los sesenta y la otra en los noventa. Es la historia de una familia en esos tres momentos y tiene algo de magia negra. No transcurre toda en Buenos Aires sino una parte en Misiones, otra en Inglaterra. Y tiene que ver con obsesiones mías, hay un poco de magia negra, hay chicos adolescentes, un poco de cuerpo, de enfermedad. Pero narrativamente la estoy construyendo todavía. Es una historia familiar con un secreto, el de una familia poderosa que tiene capacidad de contacto con dioses medio lovecraftianos, cosa que hacen a través de un médium que es un chico robado. Ese dato la terminó de definir, de vincular con la historia argentina. ¿Por qué tiene que ser robado el chico? Pero cuando la estaba escribiendo se dio así, era un chico que había sido apropiado. Eso me obligó a hacerlo muchísimo más argentina y realista de lo que tenía ganas, terminó teniendo resonancias de un montón de cosas que no subrayo pero dejo que sucedan. Si hay un momento en que se tira un cuerpo al río, lo dejo, y que remita a otra cosa, está todo bien. Eso me pasó mucho en los cuentos como en Tela de araña. Cuando lo estaba escribiendo no tenía en mente que el personaje desapareciera y que se tratara de la dictadura paraguaya, pero empezaron a aparecer esos fantasmas y terminó siendo una historia mejor, más siniestra, justamente por las resonancias que iba teniendo. Y aprendí a dejar que eso pase.

14/07/17 P/12-Las12



 

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